Reconocer los
macronutrientes
A fin de evitar largas tablas y meticulosos detalles,
brindamos valores promedios de nutrientes por cada
100 gramos de alimento, con lo cual se puede armar
un programa base. También sugerimos un plan
diario para que el lector visualice las cantidades
y se familiarice rápidamente con el armado
de platos equilibrados. Verá que es mucho
más simple de lo que parece. Recuerde, todos
los datos están referidos a 100 gramos de
producto crudo.
Frutas: Aquí tenemos las
frutas frescas que aportan 10 gramos de carbohidratos.
En el caso de las frutas secas, la cantidad se eleva
a 50 gramos (por la ausencia del agua). Una excepción
es la palta, que en lugar de hidratos nos aporta
unos 20 gramos de grasas de excelente calidad.
Verduras: Salvo las más
feculentas (papa, batata, mandioca, choclo, remolacha,
alcaucil y calabaza) que aportan unos 10 gramos
de hidratos, el resto aporta apenas un par de gramos.
Usar regularmente las esenciales: ajo, apio, brócoli,
cebolla, limón, repollo (crudo), zanahoria
y hojas amargas (achicoria, berro, diente de león,
escarola y rúcula).
Legumbres: Referidas al peso en seco, las clásicas están
en los 40 gramos de hidratos y casi 20 de proteínas.
Excepción es la soja que aporta 10 de carbohidratos
y 30 de proteína. Tener en cuenta que ésta
es la leguminosa con más antinutrientes y
con mayores dificultades de asimilación;
por ello se aconseja su consumo a través
de fermentados y derivados como el miso, el tofu
o la salsa de soja.
Cereales: Siempre en peso seco,
aportan 50/60 gramos de hidratos y 10 de proteína.
La avena, el centeno y la cebada son los que más
lentamente vuelcan los azúcares a la
sangre. Optar siempre por cereales integrales y
enteros, o sus derivados.
Carnes: En general aportan unos 20 gramos de proteína
y unos 5 gramos de grasa, dependiendo de cortes
y variedades. Privilegiar los pescados frescos de
aguas frías (sobre todo con escamas) o las
carnes blancas, de crianza casera.
Lácteos y huevos: La leche
y el yogurt descremados aportan 5 gramos de hidratos,
3 de proteína y 1 de grasa. En los quesos
desaparecen los hidratos, mientras suben las proteínas
y las grasas a 20/30 gramos. Preferir los quesos
blandos o blancos de origen artesanal y el yogurt
casero (los comerciales baratos terminan siendo
caros en términos de salud y bienestar).
En el huevo encontramos unos 12 gramos de proteínas
y otro tanto de grasas (100 gramos son dos unidades).
Buscar huevos caseros y privilegiar el consumo de
la clara.
Semillas y aceites: Las semillas
aportan 40 a 60 gramos de grasas, 20 gramos de proteínas
y unos 10 gramos de hidratos. Preferir nueces, almendras,
sésamo, girasol, aceitunas negras, maníes,
castañas de pará, castañas
de cajú, pistachos y lino. En los aceites
los 100 gramos son todo grasa. Utilizar aceites
sin refinar y de semillas orgánicas (girasol,
lino, chia y oliva) prensadas en frío.
Distribuirlos
correctamente
Ahora sabemos qué función
cumple cada macronutriente, cuánto necesitamos
por día, dónde lo encontramos y en
qué proporción. El paso siguiente
es saber cómo equilibrar cada plato y cómo
distribuir la ingesta durante el día. Ambas
cosas son importantes, ya que nuestro sistema hormonal
es como un carburador que se beneficia con la regularidad
y calidad del combustible disponible.
Para el ejemplo de la persona antes mencionada y
teniendo en cuenta una dieta variada, los requerimientos
diarios se satisfacen con las cantidades del cuadro
(expresadas en gramos). Estas cantidades deben ajustarse
a las características corpóreas (peso,
altura, grasa corporal) y a la actividad física
de cada persona. Este menú diario sirve para
dar una idea de composición y distribución.
Luego el lector deberá adecuarlo a sus gustos
y realidades (por ejemplo, un vegetariano incrementará
lácteos y legumbres para reemplazar la carne),
jugando con los elementos, sabiendo cómo
incide cada tipo de alimento en el equilibrio de
macronutrientes. Lo importante es respetar y privilegiar
la calidad de los componentes.
Desde ya, esta propuesta resulta meramente orientativa
y tiene como objetivo demostrar que no es tan difícil
incluir equilibradamente los tres macronutrientes
(hidratos, proteínas y grasas) en cada comida.
También sirve para darnos cuenta como habitualmente
prescindimos de este equilibrio, consumiendo platos
o tentempiés que carecen de uno o más
macronutrientes. Por eso los problemas.
Bajo ningún concepto puede establecerse una
dieta que funcione adecuadamente para todo el mundo
y para todo tiempo. Cada persona es un mundo y funciona
en un marco de equilibrio particular, que permanentemente
se va modificando. Además cada época
del año exige nutrientes adecuados a las
condiciones del clima. Es el caso de la fruta, cuya
ingesta tiene el poder de bajar la temperatura corpórea
un par de grados, algo necesario en verano (precisamente
su época de abundancia) pero contraproducente
en invierno. Por ello nadie mejor que uno para "sentir"
lo que más conviene a cada momento en materia
nutricional.
Una estructura alimentaria de este tipo nos pone
a salvo del gran problema de los excesos cuantitativos
y calóricos. Cuando ingerimos cantidades
excesivas, estamos sobrecargando sin sentido el
aparato digestivo. Además, si las calorías
provienen fundamentalmente de carbohidratos, estamos
almacenando grasa corporal, la cual a su vez no
se quema por deficiencias en el equilibrio insulina-glucagón,
con lo cual alimentamos el círculo vicioso
que nos lleva a la perniciosa obesidad. Esta propuesta
nutricional nos asegura los principales nutrientes
en adecuado equilibrio, para obtener la máxima
eficiencia energética y funcional del organismo,
sin atender al obsesivo conteo de calorías.
Otro aspecto que debemos tener en cuenta a la hora
de preparar un plato, es el importantísimo
equilibrio ácido-básico. La temática
está ampliamente desarrollada en el artículo
“Alcalinidad, llave de la salud” en
www.prama.com.ar. A modo de síntesis, podemos
decir que el organismo, para funcionar correctamente,
necesita de un medio químicamente equilibrado.
Luego de procesar nutrientes y generar reacciones
ácidas y alcalinas, los fluidos corpóreos
(sobre todo la sangre y la linfa) deben tender hacia
una ligera alcalinidad. En este delicado equilibrio,
la función del alimento es primordial. Lamentablemente
el moderno sistema nutricional occidental tiende
hacia el excesivo uso de productos de reacción
metabólica ácida (azúcar blanca,
harina blanca, carnes, café, chocolate, cigarrillo,
alcohol, etc.) y al escaso consumo de productos
alcalinos (frutas, verduras, ciertos cereales como
la cebada y el mijo, ciertas legumbres como el sésamo
y el poroto blanco, etc.). Esto genera un crónico
estado de acidosis, causa de los más disímiles
padecimientos (desmineralización, artritis,
problemas nerviosos, respiratorios y circulatorios,
alergias, inflamaciones, cálculos, etc.).
Por todo ello, es muy importante cuidar el equilibrio
ácido-básico en el momento de armar
un menú. El ejemplo de las sopas es un testimonio
de la sabiduría intuitiva de nuestras abuelas.
El agua de cocción de las verduras es rica
en sales alcalinas, las cuales neutralizan los ácidos
de los demás componentes del plato. Hoy en
día cocinamos las verduras y descartamos
el agua, perdiendo sus componentes alcalinos y consumiendo
los ácidos. Por ello el consejo de la cocción
al vapor o el guisado. También podemos utilizar
productos orientales con marcado efecto alcalinizante,
como el miso (fermentado de soja), las algas y las
ciruelas umeboshi.
En
esta propuesta es fundamental respetar la estructura
horaria y evitar saltear comidas, defectos que afectan
al equilibrio hormonal y se traducen luego en falta
de energía, problemas de concentración,
irritabilidad, etc. La estabilidad del sistema hormonal
depende de un suministro regular y equilibrado de
nutrientes. Por eso es importante no dejar pasar
más de 4 o 5 horas sin ingerir alimento,
teniendo en cuenta que cada ingesta contenga los
tres macronutrientes en proporción lo más
cercana posible al equilibrio ideal (60-30-10%).
Un párrafo para quienes deben comer fuera
de casa. El restaurante no es una excusa para privarse
de un esquema benéfico. Por eso es importante
conocer los nutrientes y saber donde se encuentran.
Esto nos permitirá elegir correctamente los
alimentos y armar un menú eficiente en bares,
comedores, fiestas o reuniones con amigos.
La clave es identificar las porciones de carbohidratos,
proteínas y grasas. No es necesario que todo
forme parte del mismo plato, sino que pueden estar
distribuidos en platos distintos (entrada, plato
principal, postre) de una misma comida. Tampoco
es un daño irreparable salirse ocasionalmente
del esquema. Todo es una cuestión de hábitos
y equilibrio. Cuanto más cerca del ideal,
mejor.
María Cristina Castells y Néstor
Palmetti
www.prama.com.ar