Evitar los refinados
En este rubro están los principales componentes
de la dieta industrializada. El azúcar blanco
y sus derivados (postres y golosinas), la harina
blanca y sus derivados (panificación y pastas),
los aceites (de ellos nos ocuparemos luego), el
arroz blanco, la sal, etc. En millones de años
de evolución, los refinados aparecen en la
dieta del ser humano recién en el último
siglo. Primero por moda, luego por intereses comerciales,
lo cierto es que el blanqueo de los cereales se
masivizó rápidamente. Un dato para
comprender el porqué: cuando las harinas
de trigo y maíz se elaboran con el grano
entero y sin proceso de refinación (integrales)
deben consumirse en pocos días por la oxidación
de los vitales componentes grasos presentes en el
germen. En cambio las harinas refinadas pueden ser
almacenadas durante meses sin problemas, dado que
han sido privadas del germen, precisamente para
evitar el enranciamiento.
El problema de los refinados no es solo la eliminación
de la fibra, sino de otros vitales componentes (vitaminas,
minerales), a lo cual se suma la aditivación
de blanqueadores y mejoradores químicos.
La falta de fibra, además de generar estreñimiento,
provoca otro efecto más grave para la salud
y que mucho tiene que ver con el estrés:
el incremento de la velocidad con la cual los azúcares
pasan al torrente sanguíneo. Con el tiempo,
esto se convierte en causa, tanto de diabetes (exceso
de glucosa en sangre), como de la poco conocida
hipoglucemia (carencia de azúcar en sangre).
Mientras el primer problema es detectable, el último
pasa desapercibido para la medicina tradicional,
pero afecta a la mayor parte de la población.
Siendo un tema complejo, podemos sintetizarlo diciendo
que la fibra cumple la función de frenar
el ritmo de transferencia de los azúcares
al flujo sanguíneo. Sin este amortiguador,
los picos de glucosa en sangre desencadenan una
serie de reacciones hormonales y glandulares para
su compensación. Estas complejas reacciones
estresan y agotan ciertas glándulas, como
el páncreas y las suprarrenales, creando
desórdenes que afectan al cuerpo (inflamaciones,
rigidez) y a las emociones (ansiedad, irritabilidad,
hiperactividad, depresión). Sobre los nocivos
efectos del azúcar blanco puede consultarse
el artículo “Ladrón del organismo”
en www.prama.com.ar
Esto es apreciable en el consumo de cereales refinados
(trigo, arroz, maíz), azúcar blanca
(los obreros de la zafra, pese a consumir gran cantidad
de jugo de caña, no tienen problemas diabéticos)
y la gran cantidad de derivados que monopolizan
la dieta moderna (panificados, pastas, golosinas,
gaseosas, jugos, etc.). Es sencillo advertir la
diferencia entre un desayuno con pan blanco y otro
con pan integral. En el primer caso notamos un rápido
incremento de energía, pero al poco tiempo
sentimos hambre. En el segundo caso, la metabolización
más lenta nos mantiene satisfechos y equilibrados
durante más tiempo.
Consejos
I
El simple reemplazo de productos “blancos”
por integrales irá provocando sustanciales
mejoras en nuestro estado general. Solo debemos
ser cuidadosos cuando elegimos productos, evitando
la trampa comercial. No es lo mismo un pan de harina
blanca con adición de salvado y mejoradores
(pan de salvado), que un pan elaborado artesanalmente
con harina integral recién molida y leudado
lento. Tampoco es igual el azúcar rubia o
negra (sacarosa refinada más baño
de caramelo) que la verdadera azúcar integral
obtenida por simple evaporación del jugo
de la caña (azúcar mascabo). Hablando
de jugos, preferir siempre el consumo de frutas
enteras. Más allá de la adición
industrial de químicos y azúcar, el
proceso mismo del jugo es un refinado, ya que estamos
eliminando la fibra y otros componentes útiles
presentes en el fruto. Ni hablar de las gaseosas,
verdadero cocktail de azúcar y productos
químicos.
Elegir
grasas de calidad
Siendo un elemento vital de la dieta, la industrialización
lo ha convertido en pecado; por un lado ofreciendo
exceso de las dañosas saturadas (animales)
y por otro alterando irreparablemente las esenciales
insaturadas (vegetales). De este modo, algo terapéutico
se ha convertido en enfermante. La industria refina
los aceites por una cuestión comercial. Machaque
semillas y verá que el aceite desprendido
mantiene el agradable sabor de la semilla. Eso ocurre
en los procesos artesanales de prensado en frío,
donde resulta innecesaria la refinación.
Pero claro, los rindes son bajos.
La rentabilidad industrial obliga utilizar temperatura
(se llega a 150ºC) y solventes (derivados del
petróleo). Esto genera residuos desagradables
y tóxicos que obligan a varios procesos de
refinación (neutralización, desengomado,
blanqueado, desodorizado y aditivado; procesos en
los cuales intervienen nuevamente la temperatura
y los químicos) para llegar a un aceite tolerable
al gusto, bien transparente y en condiciones de
soportar almacenamiento prolongado. Esto carga al
aceite de residuos tóxicos y provoca la pérdida
de valiosas vitaminas, minerales, fosfolípidos,
betacarotenos, aceites aromáticos y ácidos
grasos. Como se verá, todos elementos que
luego debemos comprar en la farmacia para compensar
deficiencias!!!
Mucho más grave que la refinación
de los aceites, resulta su hidrogenación.
Este proceso permite transformar aceites baratos
(básicamente soja) en materia prima industrial
(margarina) de bajo costo, mayor practicidad (se
logran texturas a voluntad) y superior conservación
(saturados de gran resistencia al enranciamiento).
Hoy en día todo lo industrial (panificados,
lácteos, golosinas, helados, chocolates,
papas fritas, etc.) se hace con aceites hidrogenados.
El problema para la salud radica en que la hidrogenación
transforma estructuras moleculares naturales (que
el organismo necesita para construir membranas celulares
y hormonas), en otras artificiales (que no existen
en la naturaleza) de consistencia similar al plástico.
Estas estructuras (llamadas trans) provocan infiltración
de grasa en el hígado, esclerosis de la aorta,
incremento del colesterol malo (LDL), mayor riesgo
de infarto, hipercolesterolemia, candidiasis, arteriosclerosis
y trastornos celulares relacionados con el envejecimiento.
Los interesados en ampliar este tema pueden consultar
el artículo “Grasas que matan, grasas
que curan” en www.prama.com.ar
Consejos II
Ante todo eliminemos al máximo las margarinas,
revisando las etiquetas para detectar la presencia
de los aceites hidrogenados. Reduzcamos el consumo
de grasas saturadas (origen animal) e incrementemos
el consumo de insaturadas (origen vegetal), sobre
todo oliva, girasol, chia y lino. Evitemos los aceites
refinados, privilegiando calidad antes que cantidad.
Debemos asegurarnos que los aceites sean de primera
prensada en frío, a partir de semillas orgánicas,
sin usar solventes y sin pasar por procesos de refinación
(innecesarios cuando se prensa realmente en frío).
Si usamos aceites refinados, un consejo: al abrir
el envase introducir una cucharadita de bicarbonato,
agitar y dejar reposar 24 horas; luego usar normalmente,
descartando el fondo del envase con el precipitado
ácido y tóxico.
Los
ácidos grasos esenciales los encontramos
en el girasol (omega 6), en la chia y el lino (omega
3). Es aconsejable ingerirlos en una proporción
4 a 1 (4 partes de omega 6 por 1 de omega 3), consumiendo
un par de cucharadas diarias. Estos aceites no deben
someterse a procesos de cocción, por tanto
adicionarlos directamente en el plato. Si debemos
cocinar, usar oliva, un monoinsaturado que resiste
bien la temperatura y nos aporta otros beneficios
pese a no estar dotado de ácidos grasos esenciales.
Tampoco debemos olvidar que las semillas son la
forma más primitiva y natural de consumir
aceites. Por ello nueces, almendras, sésamo,
castañas de pará, castañas
de cajú y girasol, no deben faltar en nuestra
dieta. Además de ricos aceites insaturados,
nos aportan gran cantidad de minerales y vitaminas
en estado natural. El fruto de la palta se encuentra
en esta categoría. También los pescados
de agua fría son buenas fuentes de ácidos
grasos.
María
Cristina Castells y Néstor Palmetti
www.prama.com.ar