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El fin de los tiempos


Esta expresión y otras similares, que se repiten dentro y fuera de contextos religiosos, van escoltadas con frecuencia por sentimientos de “temor y temblor”, y las imágenes que suscitan son de catástrofes y amenazas.
Desde nuestra infancia, se nos ha inculcado culturalmente que hay un “fin del mundo” que incluye acontecimientos tremebundos. La morbosidad agazapada en las profundidades de la mente humana ha producido creencias y relatos atroces, y en su condición barbárica, el hombre los cuelga en la percha de la Deidad. Recordamos en este momento, un himno que se cantaba en un rito fúnebre y que nos aterrorizaba describiendo ese supuesto día final como: “Día de ira aquel, en el cual el mundo se disolverá como la paja en el fuego.” Y para completar el cuadro del espanto, el texto litúrgico nos ponía en presencia del Juez Supremo como “el Rey de tremenda majestad”. Pensemos que esta personificación de la Deidad como un monarca despótico e irascible, o un Juez implacable, no es precisamente, el “Padre” a quien el Divino Maestro nos enseñó a orar. Ni esos sombríos y persecutorios relatos postrimeros, nada tienen que ver con sus palabras: “No se turbe vuestro corazón ni se atemorice… Mi paz os dejo, mi Paz os doy.” Mucho menos aún, con la Ley del Perdón que enseñó, pendiendo de la cruz y diciendo: “Perdónalos Padre, porque no comprenden lo que hacen.”
En las enseñanzas originales de Jesús, Señor de Amor y Compasión, no hay precepto de temor sino de caridad, liberación y paz.
Y cuando abrimos los tesoros de Sabiduría de la tradición esotérica, no contaminada por la vulgaridad, aprendemos que “todo proviene de El, todo en El se sustenta y todo retorna a El” (Rm11,36). En el mismo sentido, en el libro de la Revelación, atribuido al apóstol Juan, se nos advierte amorosamente: “No temas. Yo Soy el Primero y el Último, Yo Soy la Vida. Yo Soy Alfa y Omega, el Principio y el Fin. Yo Soy el que Es”.
En conformidad con este Principio Cósmico, en una tradición mucho más antigua, el Señor Krishna nos instruye: “Yo Soy la Superalma, que mora en el corazón de todas la entidades vivientes. Yo Soy el Principio, el medio y el fin de todos los seres”. (B.G.10:20)
En consecuencia, todo aquello que percibimos como “el mundo”, es, en la sabía expresión del santo monje irlandés Scotus Erígena, una “teofanía”, es decir, una manifestación o expresión de la Deidad. De modo que como enseña Plotino, el Uno que contiene a todos es inmanente a todo, siempre presente en nosotros y nosotros en El.
El sabio filósofo neoplatónico Proclo, elaboró para esta enseñanza un modelo de comprensión, llamado en su memoria “El círculo de Proclo”. En él, da forma a ese movimiento aparente para nuestra mente material, por el cual todo emana o procede del Uno (prodoos) y todo retorna o se re-integra en el Uno. (Epistrophe). Omnia ab Uno, Omnia ad Unum.
Si efectivamente, somos por El, con El, en El y para El, si en El vivimos, nos movemos y somos; como canta el poeta órfico citado por San Pablo
(He. 17:28-29). ¿En que consiste el fin y acabamiento de lo que es? ¿Y por qué habría de ser catastrófico, amenazante, con seres condenados a sufrir por la eternidad? ¿Por qué tanto afán de meter miedo?
Cuando la mente material o inferior del hombre pretende comprender estas elevadas verdades cósmicas y espirituales, lo hace desde su finitud y necesariamente termina en deformadas explicaciones o en burdas y groseras interpretaciones materiales.
Pero cuando, merced a su evolución, logra despertar los poderes de la inteligencia espiritual, puede finalmente, como dice el Maestro Eckhart: “separarse de su finitud” y acceder al sentido interno (esotérico) de las verdades y leyes espirituales. Entonces trascendiendo las limitaciones de la mente material, alcanza a ver a través del velo de la ilusión y comprender a la luz de las alegorías, que el “fuego” no es destrucción masiva, sino “Transmutación”, y que el “fin” es una manera material de visualizar el logro supremo de la ley de Evolución, que culmina en la Consumación.
“Que todos sean UNO como Tu, Padre, y Yo, somos UNO”. Así lo expresa el Divino Maestro.

Esta manera de “ver”, nos induce a interpretar “el fin del mundo” como la re-integración a una Conciencia Universal, de todo lo que es.
Un estado de Unidad y Plenitud. Un jubileo, esto es, un estado de júbilo, y exaltación de todos los seres deificados. Podemos aquí recordar las místicas palabras del Maestro Dionisio: “…y te unirás a El, no conociéndolo ni viéndolo, sino siendo en El.
Por esta razón, la Consumación, en los Misterios Crísticos, es el momento culminante de los Misterios Mayores.
Y sería bueno, para completar este cambio de perspectiva muy beneficioso para nuestra salud mental, orar por la iluminación de aquellos que nos enseñaron a temer y a temblar, y que pretendieron someternos a una “buena conducta” inculcándonos puerilmente que el Ser Supremo -al mejor estilo de un humano neurótico- se pone triste, se enoja, maldice, castiga y nos condena por nuestros errores, cometidos en el marco del libre albedrío, otorgado por El.
En verdad, no hay ningún fin que esperar. Todo acontece en la Presencia.
Y morar en la Presencia, siendo uno con el Ser, en eso consiste nuestra Consumación.

Lic. Carlos A. Papaleo
Seminario: Teología Mística
sofrosine3@hotmail.com

 

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