En las
viñas del Señor podéis hallar
dos tipos de especimenes masculinos. Uno es el hipocondríaco,
el varón que convierte sus propios órganos
vitales en objetos persecutorios, el que practica
el "medical-shopping" porque va de especialista
en especialista tratando de que le diagnostiquen algo
que se contagió mirando Discovery Channel.
La otra raza de machos,
a la que pertenecemos la mayoría, es la que
por el contrario no le tiene miedo a las enfermedades,
si no a los médicos que las podrían
anunciar. Es más, no nos gusta que nos revisen
o toquen o palpen, salvo que estemos muy lastimados
en una guardia a las tres de la mañana. En
realidad, ir al médico nos quita de ese lugar
de superhéroes proveedores, protectores y portadores
(todas palabras que empiezan con "p" de
pene) de un destino de grandeza. Y utilizando malamente
la dialéctica del avestruz preferimos pensar
que ese dolorcito se cura solo o con una aspirina.
Pero en mi caso personal,
después de ver la serie de televisión
Dr. House, estoy más asustado que antes, porque
en ese programa los galenos ante el enfermo tiran
hipótesis que van desde la presencia de un
hongo hasta la de un cáncer terminal, pasando
por todos los padecimientos que se citan en las enciclopedias.
En ese programa se pone en evidencia que los descendientes
de Hipócrates aplican una dialéctica
ensayo-error y nunca aciertan del todo en el diagnóstico
de la dolencia, ni con la ayuda de equipos supermodernos.
Los pacientes los idealizan y ponen en el lugar del
sujeto-supuesto-saber, y ellos no llegan a descubrir
qué corno tiene el enfermo la mayoría
de las veces, salvo cuando investigan cómo
se las arregla el fulano para sobrevivir a su realidad
cotidiana, en cuyo caso lo curan luego de haberle
arruinado la mayoría de las demás vísceras.
Las mujeres no pueden
entendernos porque ellas se pasan la vida en manos
de dietistas, esteticistas, dermatólogos, o
haciéndose mamografías, las pruebas
de Papanicolau, y otros exámenes periódicos,
en los cuales acostarse en la camilla de un profesional
es algo casi rutinario. ¡Si hasta se acostumbran
a un sangrado mensual y ni se impresionan! Y más
aún, conciben a otro ser dentro suyo durante
meses, algo natural pero impensable para un hombre,
y luego lo depositan en este planeta y al tiempo están
delgaditas, como pintadas por Modigliani. Y encima
se recomiendan al ginecólogo… ¡si
es buen mozo!
Los hombres no registramos
temor ante los doctores homeópatas, porque
rara vez nos mandan al cuchillo y siempre nos recetan
globulitos que son dulces como caramelos. O vamos
a iridólogos, que te miran el iris y no te
hacen desvestirte ni agacharte o cosas así.
Finalmente hay tipos a los que tampoco les gusta ir
al psicólogo, lo cual es un error porque las
terapias son más eficaces con nosotros, ya
que nos resulta muy fácil hablar de nuestra
infancia, puesto que nunca hemos salido del todo de
ella.
Luis
Buero
www.luisbuero.com.ar