No
lo duden: hemos venido a este mundo para sufrir heridas
narcisísticas. De chiquitos ya nos toca avivarnos
dolorosamente de que no somos el único objeto
de amor de mamá, sino que hay otros locos bajitos
y un señor grandote al que le dicen papá,
que cada tanto nos sacan del centro de la escena.
Después vamos al colegio primario y la cosa
se pone peor. ¿Por qué? Porque nosotros
vemos todos los días salir el sol por una punta
y ponerse por la opuesta, pero la maestra nos cuenta
que un tal Galileo descubrió que tampoco somos
el centro del universo, y que la Tierra es uno más
de los varios planetas que giran alrededor del astro
rey. Llega la secundaria y nunca falta un profesor
que nos asegure que no estamos hechos a imagen y semejanza
de Dios, si no que por el contrario descendemos de
ese monigote de cola pelada que salta de rama en rama
en el zoológico. Y como si esto fuera poco,
años después en la universidad nos hacen
leer a un tal Freud, el que asegura que no somos dueños
absolutos de nuestros actos, si no que nuestra mente
consciente es como la punta del un iceberg, y todo
lo que está debajo del agua, la mayor parte,
es el inconsciente, una verdadera bolsa de gatos,
rayos y centellas que nos condenan a hacer y sentir
lo inesperado.
Ya, con el ego más quemado que el mapa de Bonanza,
nos queda la ilusión de que el bicho humano
pueda resurgir ante nuestra mirada a través
de su inteligente manera de utilizar los medios de
comunicación masiva. Mi abuela solía
vanagloriar el advenimiento de la televisión,
porque según ella iba a abrir el camino del
refinamiento intelectual, cultural y espiritual para
todos, y los grandes conocimientos de la humanidad
serían transmitidos en instantes para públicos
enormes. Pero, de las carreras de bebés en
los cincuenta, el treparse al palo enjabonado de los
sesenta, el casamiento de los enanos en los setenta,
el corte de la manzana y la pulseada de los ochenta,
y el jenga y las bromas de la cámara oculta
de los noventa, llegamos los realities del siglo XXI,
donde un grupo de jóvenes insípidos,
incoloros e inodoros, roncan, dicen sandeces o se
bañan para que simplemente los vean. ¡Y
millones los observan! Y este programa biodegradable
compite con otro que rompe todos los ratings con un
concurso de danza que reúne a estrellas populares,
donde se pueden juntar una actriz, un boxeador, un
cantante y una activista social. Y me pregunto: si
hoy viviera el Che Guevara ¿aceptaría
bailar salsa con Cecilia Bolocco para ayudar a una
escuelita de Cuba?
Finalmente
nos falta un parámetro para medir a aquel hombre
que creíamos ser: nuestras decisiones a la
hora de votar, ese dramático momento en el
que acompañamos nuestra esperanza a la antesala
de la libertad y se la entregamos a un Gran Hermano,
que tarde o temprano termina siendo como el que inventó
George Orwell, y ya es demasiado tarde para cambiar
de canal.
Luis
Buero
www.luisbuero.com.ar