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Y perdona nuestras deudas


El Maha Mantra conocido como la oración "Padre Nuestro" fue enseñado por el Divino Maestro Jesús a sus discípulos. La fórmula de esta plegaria fue celosa y reverentemente conservada por siglos, hasta que en el siglo XX, se divulgó un cambio, modificando la traducción de un término. El texto tradicional en la versión latina, dice: ".et dimitte nobis debita nostra.. " y perdona, (desata, absuelve) nuestras deudas.

En la modificación, se remplazó el término "deuda" por el término "ofensa". Este cambio tiene implicancias muy profundas en el plano metafísico, teológico y también vivencial, en cuanto afecta la comprensión íntima del devoto que emplea el Gran Mantra. Ambas palabras tienen su propio contexto de significado y son como una divisoria de aguas, en la comprensión de la experiencia espiritual y religiosa.

Veamos en primer lugar, qué nos sugiere el término " ofensa". La "ofensa" tiene que ver con una malévola intención de desafiar y agraviar a la Divinidad , lo cual es tan insensato que solo es atribuible a una ruda ignorancia o al desequilibrio psíquico.

Cuando afirmamos que la Divinidad es Infinitamente Perfecta, entendemos que no es susceptible de ser o sentirse ofendida. Lo cual implica, que no se enoja, no se arrepiente, no se pone triste, no jura, no maldice, no amenaza, etc. Estas son maneras burdas de proyección que efectúa la mente humana desde un lado oscuro y barbárico, alimentado en los principios de la separatidad, y el antropomorfismo. Solo bastaría comprender la Ley de Filiación enseñada por el Señor Jesús, para superar definitivamente este estado mental.

Hace unos años llegó a mis manos un misal y devocionario, editado en España en 1958. Allí se ilustra claramente lo que intentamos expresar.
Refiriéndose al pecado, el autor, dice: "Ultraja la soberana majestad de Dios" "Provoca su ira". "Cómo yo vil gusano de la tierra me he atrevido a ofenderos." "que monstruosa ingratitud e infidelidad la mía." Y sigue con una jerga oscurantista definiéndose como gusano, monstruo, traidor a Dios y esclavo del demonio. Este modelo, en el que muchas generaciones fueron programadas, culmina fácilmente en un "temple atormentado ", porque la conciencia se instala en un estado de culpa persecutoria, en el cual se experimenta una angustia difusa de condenación, remordimientos, inseguridad, auto-denigración y servilismo.

Este ejemplo nos muestra una orientación religiosa centrada dramáticamente sobre la ley, el pecado, la culpa, el castigo, el auto-desprecio, y sumergida en un abrumador sentimiento de maldad e indignidad.

Pensemos además que incluir en la experiencia religiosa este contenido vivencial, podría utilizarse también, como un argumento para obtener obediencia y sometimiento, a través de la culpa y el temor, revistiendo la autoridad humana con atributos divinos, de modo que desobedecer las normas de la autoridad sería equivalente a ofender a Dios En este caso, el tema ya no es religioso sino social e institucional, y es analizable solo en la fenomenología del Poder.

Asimismo, es útil considerar que esta manera de caracterizar el vínculo con la Divinidad , en términos de ofensa o sometimiento, tiene una matriz cultural. Si bien El Divino Maestro nos enseñó que Dios es nuestro Padre y fijó así el Principio de la Filiación , esta y otras enseñanzas divinas a veces fueron colocadas en "odres viejos", y se perdió su vitalidad transformadora. El Señor recomendó: "no colocar el vino nuevo en odres viejos" Y esa fue una de sus recomendaciones peor cumplidas. Porque el vínculo con la Divinidad fue transferido a una manera religiosa que tomó como referencia el modelo de la majestad imperial y de las monarquías absolutas. A su vez, los dignatarios religiosos ocuparon con frecuencia los rangos, usos y atributos, de los señores feudales, los príncipes y los monarcas. Cuando la experiencia religiosa se monta sobre ese escenario cultural adquiere características que enturbian, y más aún, distorsionan la revelación original. Entonces son necesarios muchos silogismos, y tecnicismos conceptuales, para tratar de revestir las incongruencias.

Y qué nos sugiere el término "deuda".

El hombre como "espíritu viviente" ha sido dotado por el Divino Autor con el atributo del libre albedrío, de modo que para ejercitarlo lo coloca en un escenario especialísimo que llamamos "mundo dialéctico". Esto es, un mundo regido por la ley de los opuestos. El punto central es elegir y decidir, y en consecuencia correr el riesgo de cometer un error. El error proviene de la "fragilitas humanae naturae" esto quiere decir: de la fragilidad de la naturaleza humana. La fragilidad tiene que ver con la ignorancia, y la presión de la animalidad en las motivaciones. A medida que el hombre evoluciona, avanza, aprende, se purifica como la materia burda en el crisol alquímico, y a lo largo de sus ciclos de experiencia vital, crece en "sabiduría y gracia". Es una forma de existencia evolutiva, prevista en la pedagogía cósmica de Aquel de Quien procedemos y a Quien retornamos. (Rm11:36)

¿Y qué sucede, cuando al atravesar el Bosque de los Errores, tomamos por sendas extraviadas y nos apartamos del camino que conduce a la Gloria?

Recordemos que cuando Dios insufla su Hálito de Vida en el cuerpo hecho con polvo de la tierra (Ge. 2:7) el hombre deviene: "espíritu viviente". Es el Espíritu Divino, el Alma, Vida y Esencia Divinas, residente en un cuerpo mortal, que llamamos "carne". Nuestra alma es santa, eterna, divina. El caso es que solo yerra la "carne", es decir, ese instrumento que utiliza el Espíritu, y que llamamos personalidad. Solo la mente material puede pecar, debido a su ignorancia mortal.

Insistamos: La transgresión o error o pecado es algo propio de la personalidad y es precisamente en el ámbito de la personalidad y no del Espíritu morador, donde debemos cumplir con la necesaria compensación. Cuando el hombre se desvía de las Leyes naturales y cósmicas, causa en su medida, desequilibrio e inarmonía, siendo él mismo, el primer afectado por la transgresión. Como nos enseña la Ley de Retribución "Aquello que el hombre sembrare, eso cosechará".

Es decir, que transgredir, causa un déficit en el ser del actor y un desorden en la armonía cósmica. La Justicia Universal , requiere reparar o "compensar", esto es, restaurar la armonía, lo cual implica cancelar o saldar la deuda que se ha contraído con el Orden Cósmico.

Cuando en la sagrada plegaria rogamos que se absuelvan nuestras deudas, estamos pidiendo que el Padre Celestial, de acuerdo a la Ley de Misericordia, nos otorgue la oportunidad de comprender y así compensar nuestros errores y de ese modo aprender y avanzar en el Sendero de Santidad.

Esta tarea espiritual se encuadra en una Ley Cósmica. De modo que nadie puede eximirme de mi deber de compensación, porque está en orden a mi evolución. Este modo de actuar, causa una vivencia en el devoto, diametralmente opuesta a la vivencia de la ofensa. Porque es un darse cuenta, acompañado de un propósito de compensación para reparar el daño, desorden o déficit causado por la conducta errónea. Esta reparación no surge del temor a la retaliación, sino del amor y el respeto por el Ser. El hecho de compensar eleva la autoestima y el sentimiento de dignidad del devoto, restablece la armonía y el entonamiento y la conciencia mora en un íntimo sentimiento de liberación, gozo, paz y vitalidad.

Lic. Carlos A. Papaleo
Mar Athanasios
carlospapaleo@arnet.com.ar

 

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