Y
acá vivimos, las criaturas, dándonos
la cabeza contra la pared por culpa de un gigantesco
olvido: olvidamos quienes somos, cuál es
nuestra esencia, quién es nuestro Padre.
Y elegimos. Y la mayor parte de las veces elegimos
mal. Preferimos "El árbol de la Ciencia
del bien y del mal", alejándonos de
nuestro origen como dioses.
Está
bien que todos son caminos posibles, que esta forma
en que eligió crecer la humanidad en la Tierra
puede haber estado prevista.
O
no. Todo sirve, hasta equivocarse. Porque una vez
que el equivocado reacciona, ya no se equivoca más.
Pero para eso primero tiene que reaccionar. Darse
cuenta que cometió errores y que esa forma
de vivir no le sirve, o no le es provechosa. A veces
el equivocado no reacciona nunca y llega a la propia
destrucción. O arrastra con él a su
entorno y todo se termina, para volver a empezar
más adelante, de otra manera. O no.
Del
árbol de la Ciencia del bien y del mal no
comerás, dice la Biblia.
Parece
que ese es el verdadero pecado que cometió
la raza. Eligió comer de un árbol
que puede llevar por caminos errados.
Eligió
a la ciencia que lo aparta de su esencia, esa que
olvidó.
Una
ciencia, o unos científicos, que privilegian
el poder que confieren sus descubrimientos en detrimento
del ser humano.
Científicos
que quieren ser como Dios, pero que no se ocupan
de aliviar sufrimientos. Así crean armas
y drogas cada vez más poderosas, siempre
bajo las órdenes de los intereses que no
responden a lo mejor de la vida, a la esencia creadora
que nos formó como seres humanos. Y adelantamos
en clonaciones, pero cada día mandamos más
químicos en los alimentos, para "preservarlos,
pulirlos o embellecerlos".
¿Quién
dijo que la Naturaleza es blanca, homogénea,
uniforme, inodora? Pensamos -o nos hacen creer-
que el papel cuanto más blanco es más
lindo, y para blanquearlo usan cloros que destruyen
la tierra.
La
ciencia nos alejó de lo que es nuestra esencia.
Ojalá recapaciten los científicos.
O
por lo menos, que los Dioses-Hijos-de-Dios que somos
todos, nos acordemos quiénes somos, y nos
tratemos como hermanos.
Marta Susana
Fleischer