¿A
usted le asusta la muerte? O mejor dicho: ¿le
asusta su propia muerte? ¿O mejor prefiere
no hablar de ese tema? Bueno, digamos que de la
propia no, pero de las muertes ajenas, todos sí
que hablamos. Y cómo. En Argentina se habla
mucho de la muerte. O de las muertes. Policías
muertos, ladrones muertos, un fotógrafo muerto,
un cantante muerto, un científico muerto.
Está bien, son casos fuertemente conmocionantes,
extraordinarios, no cotidianos. Lo que quiero decir
es que continuamente vivimos rodeados de muerte.
La muerte está instalada en la vida, una
existe gracias a la otra. Diríamos que comenzamos
a morir desde que nacemos. Y, si bien la palpamos
-a la muerte- cada día, sabemos que la asumimos
como algo de lo que mejor ni hablar. Digo la muerte
propia, la mía o la suya. Preferimos que
sean los otros los que se mueren, y quedar para
hablar de ello. Mientras quedemos para horrorizarnos,
llorar, o comentar, todo está bien. Zafamos.
Claro, esto pasa en Occidente. En Oriente, con sus
filosofías, lo toman de otra manera. Como
piensan que después de muertos van a reencarnar
de nuevo, el tema tiene otro matiz. Las muertes
por esos pagos, no son tan trágicas. ¿Te
moriste?. Bueno, te extraño, pero algún
día volverás a estar.
Estar. Se trata de eso. De la permanencia. De quedarse,
participando del pequeño mundo propio; o
perderse este teatro que resultaría ser la
vida. Propia y ajena, por supuesto. Debe ser ese
el disparador que nos hace dar vuelta la cara -incluso
nos quita las ganas de seguir leyendo- cuando hablamos
de nuestra propia muerte. Pensar que nos vamos a
quedar sin saber cómo sigue la cosa. Llámelo
crecimiento de hijos o nietos, póngale el
nombre que quiera, pero, me parece, la clave está
en que nos disgusta no estar más. Por eso
podemos hablar hasta el hartazgo de las muertes
de los demás, pero ni queremos mencionar
que algún día -cuanto más lejos
mejor- nosotros moriremos también.
¿Será por eso que hacemos ese culto
a la juventud?. Es probable...
Lo cierto es que nos aferramos a la vida lo mejor
que podemos, como si fuéramos a quedar para
siempre. Eso no está mal, es una manera de
ser. Casi una manera religiosa de interpretar el
estar o no estar. ¿Shakespeare?. El si que
supo mostrarnos la muerte. Y la vida.
Ahora, me pregunto, si tanto nos disgusta pensar
que vamos a morir; por qué no nos ocupamos
de hacer que la vida -esa a la que nos aferramos
tanto- sea mejor. Que, corta o larga, valga la pena.
Como para que el estar en este mundo sea un evento
placentero. Ocuparnos de que todos tengamos trabajo,
de que cada persona piense o crea en lo que se le
de la gana, que todos vivamos en una casa respetable
y el dinero alcance para cubrir todas las necesidades.
Digamos: una vida como la gente.
Le deseo que viva más de 100 años.
Y que tenga una buena vida.
Marta Susana
Fleischer
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