De la aceleración a la calma

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Anahí sentía que esa mujer alterada era y no era ella al mismo tiempo. Lidiaba con dos estados internos que convivían en tensión: uno generado por un alarmante grado de aceleración y otro que le pedía a gritos que se detenga para poder disfrutar de cada momento. Cuando arremetía el primero, advertía como una especie de impaciencia que generaba anillos de tensión a su alrededor, el tiempo adquiría mucha velocidad, y un intolerable desorden tomaba posesión de sus sentidos. Su cuerpo adquiría una especie de excitación que la hacía hablar por hablar, dejando las frases por la mitad para saltar de un tema a otro, hacer por hacer, como dándose cuerda a cada instante para que la energía no se agotara. Era un estado que surgía de manera impulsiva  y se precipitaba sin darle tiempo a nada.  Su vista divagaba en una nebulosa remota, la respiración no fluía, era superficial. Todo ese remolino interno estorbaba sus vínculos porque vivía dominada por la intolerancia, es decir que perdía la paciencia con rapidez.

Sin embargo había otro estado que esperaba atención, pero permanecía en desventaja, porque todo el entorno social y cultural de Anahí contribuía a fortalecer  la prontitud y la paulatina alienación. En una oportunidad, alguien le dijo que su presencia obstruía los pasajes por donde circulaba el aire, que cada vez que se acercaba a algún sitio creaba aureolas de tensión en el ambiente. Que ella andaba encarnando el perfil de un personaje que la llevaría a ser una desconocida para sí misma y la alejaba de los otros.

Después de ese comentario, pensó: “es hora de parar, de darle más lugar a pausas, a desacelerar, a moverse desde otra frecuencia”. Cuando pudo detenerse advirtió que su cuerpo le imponía condicionantes a la posibilidad de descanso. Solo el hecho de tomarse espacios para experimentar algunos de sus sentidos: observar, oír, saborear, la conectó con otra frecuencia. Luego se sumó otro hallazgo: comenzó a atender  a sus necesidades, es decir a funcionar como una observadora de sí misma y no actuar de manera reactiva.  Esto fue un gran descubrimiento, porque advirtió que llevaba en alguna parte de ella un paquete envuelto de temores que la obligaban a actuar permanentemente a la defensiva y eso desgastaba sus relaciones y su energía vital.

Un cansancio profundo emergió. Fue como un proceso de desintoxicación que le permitió darse el tiempo para desanudar y dejar ceder las trabazones que le pesaban. En ese punto, el de la calma, aparecieron nuevas fuerzas, entre lo incómodo y lo diferente resultó el movimiento. Y ese peso instalado en algún lugar del cuerpo se fue soltando. Si dio tiempo para vivenciar los núcleos de sus tensiones, esos agujeros oscuros donde se situaban creencias que la hacían reaccionar. Fue toda una labor concentrarse en las sensaciones más que en las creencias.

Después de esa primera vez que logró conectar con la vida de su cuerpo se despertó una especie de insistencia que, lejos de desvanecerse tras la identificación de dolores, se agudizó a cada minuto. Ya no sentía que estaba en medio del laberinto cuando se aceleraba porque había encontrado herramientas para combatir tal ansiedad. Una de ellas fue disfrutar de no hacer nada.  Tomó conciencia de que el propio cuerpo  ya no se manifestaba como ajeno, porque había algo en él que le permitía conocerlo, explorarlo. Advirtió que había un torrente de vida adentro que deseaba soltar y estaba retenido bajo el yugo del control. Al perseverar en su búsqueda una ola de energía emergió. No tuvo temor que la resistencia cediera para que comenzaran a fluir las emociones guardadas. Quizá, al principio resultó fatigoso, pero esa molestia fue cediendo. Vino la tolerancia, dejó correr, esperó con infinita paciencia. Solo fue la transición. Y así, con tenacidad y toma de conciencia, todos los elementos de su persona se combinaron en lotes integrados gracias a la llegada de la paz interior.

Alejandra Brener
Terapeuta corporal bioenergetista.
espacioatierra@gmail.com

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